Robert Ridgway (1850-1929)

Primer curador de aves de Smithsonian Institution (EE UU de A), investigó los colores de las aves. En 1912, publicó un libro importante sobre el tema financiado por su amigo José C. Zeledón.

El Cóndor

Una revista de Ornitología Occidental

Volumen VII Noviembre – Diciembre 1905 Número 6

Un invierno con las aves de Costa Rica

Robert Ridgway

Probablemente todo ornitólogo ha deseado alguna vez en su vida visitar el Trópico y ver, con sus propios ojos, en vivo y en su ambiente natural, tantas cosas maravillosas que ha oído y leído, especialmente las extrañas y hermosas aves que asocia mentalmente con las tierras tropicales. Yo personalmente había soñado durante muchos años con la posibilidad de disfrutar de una experiencia así; no tenía expectativas serias en cuanto a la realización de mi deseo hasta que una cordial invitación de mi amigo don José C. Zeledón, de San José, Costa Rica, me ofreció la tan deseada oportunidad, por lo que partí hacia Costa Rica, en compañía de mi esposa, el 28 de noviembre de 1904. Llegamos a San José el 8 de diciembre y nos quedamos casi seis meses, hasta el 28 de mayo de 1905, habiendo recorrido todo el país, de océano a océano y desde el nivel del mar hasta el punto más elevado en el Irazú, a 11500 pies de altura.

El equipo consignado para embarque no me llegó sino hasta el 26 de febrero de 1905, debido a la negligencia de la empresa encargada. Por lo tanto, durante los primeros dos meses no pude hacer ninguna colecta de especímenes; sin embargo, emplée muy bien el tiempo haciendo viajes a distintos sitios para escoger los lugares más prometedores y convenientes. Durante estos viajes preliminares, así como también posteriormente durante el trabajo de colección, recibí todo tipo de asistencia por parte de mis amigos don José C. Zeledón y don Anastasio Alfaro, Director del Museo Nacional de Costa Rica, quienes me acompañaron, juntos o por separado, en todos los viajes. No podría haber deseado campañeros más agradables o colaboradores que estos excelentes ornitólogos y entusiastas colectores; fui muy afortunado al contar con su compañía en un país que era totalmente nuevo para mí y donde las condiciones naturales no me habrían permitido llegar por mí mismo a los lugares donde colecté los especímenes.

La experiencia vivida durante esos seis meses en un país tan novedoso e interesante no se puede contar en unas pocas páginas, por lo que intentaré hacer un breve resumen en este artículo.

Antes de que llegara mi equipo hicimos solo tres viajes fuera de San José: a Santo Domingo de San Mateo1 (del 30 de diciembre al 2 de enero), a la cumbre del Volcán Poás (del 21 al 23 de enero), y a Pigres en la costa del Pacífico (del 2 al 5 de febrero). A este último lugar volví una segunda vez (después de la llegada de mi equipo) durante tres semanas; más adelante doy una reseña del lugar y de nuestra experiencia ahí.

Santo Domingo de San Mateo es actualmente el último destino del ferrocarril entre San José y el Pacífico, y está situado en el borde superior de la vertiente, aproximadamente a treinta millas de Puntarenas, el puerto del Pacífico, al que se puede llegar a caballo y en carreta. Alrededor del pueblo hay una extensión considerable para cultivos o pastos, y el bosque más cercano se encuentra a lo largo del Río Grande de Tárcoles, unas millas al sureste. En algunos de los potreros hay pequeños parches de bosque, la mayoría a lo largo de los riachuelos que desembocan en el Río Grande. Obtuvimos pocas aves ya que pasamos poco tiempo aquí y solamente contábamos con un rifle (en esta oportunidad me acompañaba el Sr. Alfaro). La única especie de interés especial fue un raro tucán, Pteroglossus frantzii, del que tuve el enorme placer de ver seis o siete individuos en un árbol cercano mientras Alfaro estaba en otra parte con el rifle. Contábamos con muy poco tiempo como para hacer una visita al bosque a lo largo del Río Grande, detrás del cual a lo alto aparecía, invitándonos, el noble pico de Turuvales, completamente cubierto por bosque primario y ˇjamás visitado por un naturalista!

El Poás (8700 pies) es el único volcán activo en Costa Rica y está a simple vista de San José, desde donde también se ven el Irazú y el Barba, éste de último entre los otros dos. Salimos en tren de San José a Alajuela y de allí nos fuimos a caballo a San Pedro de Alajuela. Ahí pasamos la noche y seguimos el viaje, bajo la luz brillante de la luna, a las cuatro de la mañana. Al amanecer llegamos a una lechería al borde de un claro donde descansamos unos minutos y nos refrescamos con unos buenos tragos de leche fresca y café caliente. Luego nos adentramos en el bosque primario que todavía cubre los últimos mil metros, más o menos, de las montañas, despacio y con dificultad, a lo largo de una trocha angosta de barro negro en el que los caballos se hundían hasta las rodillas, y a veces más, llena de raíces de árboles que se les enredaban en las patas. La densidad del bosque era tal que no era posible salirse de la trocha sin usar el machete para abrirse camino; de todas formas el sotobosque consistía mayormente de finos bambúes con tallos muy duros que llenaban casi completamente los espacios entre los árboles de modo que abrirse camino implicaba una dificultad inimaginable. La variedad de árboles en este bosque era muy grande; algunos eran enormes y otros de extrema belleza. Todos sostenían el peso de orquídeas, bromelias y muérdagos conspicua y brillantemente florecidos; las bromelias en su mayoría eran en tonos brillantes de naranja, escarlata o carmesí. Este es el hogar del majestuoso Quetzal (Pharomachrus mocinno) – la más agraciada y magnificamente hermosa ave de entre todas – en un sitio no menos magnífico que él. Dejamos los caballos en una cuenca abierta (un cráter antiguo) rodeada por el bosque, y seguimos a pie hasta la cima del cono cenizo. Nos desilusionamos con la vista del cráter ya que estaba lleno de nubes densas excepto en un momento en que los fuertes vientos despejaron la masa de vapor y pudimos dar un breve vistazo al lago hirviente 400 metros más abajo. Descendimos de la cima del cono a la laguna (otro cráter extinto) de aguas claras y heladas, rodeada por densos bosques. Nuestra estadía fue muy breve como para lograr conocer algo sobre las aves del Poás pero las vimos por doquier en gran variedad, excepto en la cima desnuda, donde no vimos ni una.

Pigres es un pueblo muy pequeño, con ranchos de bambú, ubicado sobre una angosta punta (en realidad es apenas una franja de arena) en la desembocadura del Río Grande de Tárcoles en el Océano Pacífico, donde éste se une con el Golfo de Nicoya. A través del golfo se pueden ver las montañas de la península de Guanacaste, y al sureste, los densos bosques de las montañas del país que se extienden desde la costa hacia adentro y hacia Panamá. Entre la delgada franja que hay entre Pigres y tierra firme existe un estero; es un arroyo ancho de aguas plácidas bordeado en ambas riberas por densos manglares. Los manglares del lado de Pigres son muy angostos y pequeños, en su mayoría de arena, cubiertos en parte por parches de una Ipomaea rastrera con hojas anchas y gruesas y flores rosadas, por grupos enmarañados de arbustos leguminosos con muchas espinas, y por matorrales bajos de árboles tipo mimosa, intercalados con manzanilla venenosa. A pesar de la época seca y de la casi total ausencia de flores, las aves en la vecindad del pueblo eran muy numerosas, especialmente dos especies de tórtolas terrestres (Columbigallina rufipennis y C. passerina pallescens) y el semillero de Morellet (Sporophila morelleti), de los cuales siempre había grandes bandadas aliméntandose en el suelo alrededor de los ranchos. En los matorrales eran comunes las Columba rufina y Leptotila verreauxi mientras que entre las aves más pequeñas la más numerosa era la reinita de manglar (Dendroica bryanti castaneiceps). En esos matorrales también vimos dos ejemplares del raro Vireo pallens y varios del aún más raro colibrí Arinia boucardi, hasta entonces solo conocido mediante un par de especímenes del Museo de París, colectados en 1875 por Mons. Adolphe Boucard en Punta Arenas. El verdadero hogar de éste son los manglares y los especímenes colectados corresponden a individuos que dejaron su hábitat para alimentarse de hormigas diminutas y otros insectos en los árboles de mimosa. El otro colibrí encontrado en Pigres fue el Phaeochra cuvieri, tan raro como grande, y menos abundante aquí que en el otro lado del estero. Más allá de los manglares, al otro lado del estero, se extiende un larguísimo y alto bosque mixto adonde hicimos varios viajes de un día. Ahí colectamos la mayor parte de los especímenes. En el bosque había muchos robles de sabana, árbol de la familia Bignoniaceae parecido al catalpa pero con flores mucho más grandes y de un bello color rosado, de las que se alimentaban muchas aves, especialmente varios tipos de colibríes y los caciques veraneros y ahumados. Los colibríes más comunes eran Amazilia fuscicaudata, Phaeochroa cuvieri y Chrysuronia eliciae, mientras que no se encontró ningún Arinia. El sotobosque consistía básicamente de pequeños biscoyales, palmas con espinas largas, delgadas y puntiagudas que entorpecían seriamente nuestro trabajo. Hicimos un intento por cortarlas de abajo hacia arriba, desde un roble al que llegaban muchos colibríes pero se nos quebró la hoja del machete y nos dimos por vencidos. Más adentro en lugar de biscoyales había cañas altas, fáciles de tumbar pero tan juntas y tan altas (a veces de diez a doce pies) que no permitían ver las aves. En este bosque de enormes árboles (uno medía treinta pies desde un extremo al otro de las gambas y tenía una enorme copa que se extendía más de 150 o quizás 200 pies) había escandalosas lapas, loras y pericos en grandes números. Las especies colectadas fueron Ara macao, Amazona auripalliata y A. salvini, y Brotegerys jugularis. También encontramos un raro tucán, Pteroglossus frantzii, y un Trogon bairdii, los cuales pudimos colectar. Varias veces vimos la cotinga blanca con pico amarillo (Carpodectes antoniae Zeledon) y aunque matamos una no la pudimos encontrar.

Entre las palmas de biscoyal y los altos helechos en las partes más abiertas del bosque, así como en un claro con arbustos y hierbas altas, había abundancia de tangaras lomiescarlata del Pacífico (Ramphocaelus costaricensis Cherrie). Ya que el Museo Nacional tenía únicamente un especimen de un macho joven, aprovechamos para colectar una buena muestra.

El siguiente lugar que atrajo nuestra atención fue Bonilla, en el Atlántico, adonde llegamos por medio del tren a Limón. Nos bajamos del tren unas cuantas millas después de Turrialba y de ahí caminamos a nuestro destino. El equipo se fue a caballo ya que había que recorrer un sendero empinado y difícil. Bonilla es una finca de 3000 acres propiedad de don Francisco López Calleja, quien, junto con don Juan Gómez, su socio y gerente, oriundo de Turrialba, hicieron todo lo posible para que estuviéramos cómodos y lleváramos a buen término nuestro trabajo. Aunque Bonilla queda en la zona húmeda, llamada caliente, su clima no es nada desagradable; sin embargo, debido a la dificultad del terreno y a la densidad de la vegetación, la tarea de colección resultó muy difícil salvo en los claros. Estos potreros o pastizales resultaban ser maravillosos lugares por su gran variedad y abundancia de aves y por la facilidad con la que se podían colectar. Las lapas (tanto la verde, Ara ambigua, como la roja, azul y amarilla, A. macao), loras (Amazona virenticeps y A. salvini, Pionus senilis y Pionopsitta haematotis), y pericos (Conurus finschi) eran excesivamente numerosos, así como dos grandes tucanes (Ramphastos tocard y R. brevicarinatus); dos tucanes más pequeños, el Pteroglossus torquatus, más común, y el Selenidera spectabilis, más raro, eran menos abundantes. También eran comunes cuatro especies de trogón (Trogon massena, T. clathratus, T. caligatus y T. tenellus), y una serie de innumerables aves pequeñas. Calculamos que el número total de especies en esta localidad no sería inferior a los cuatrocientos. Cada día escuchábamos muchas especies que no lográbamos ver debido a la densidad de la vegetación y a la dificultad del terreno en los lugares que frecuentamos. Fuimos testigos del paso de un grupo de gavilanes migratorios, en dirección al norte, compuesto por cientos de miles de individuos. Eran de una especie pequeña (como del tamaño del Buteo latissimus o B. brachyurus), casi todos de color claro en la parte inferior pero muchos color pardo; no pudimos saber si había más de una especie. Los gavilanes residentes de Bonilla eran aparentemente pocos; los más numerosos correspondían al elanio tijereta (que se reproduce aquí2), seguidos por el Rupornis ruficauda y el hermoso Leucopternis hiesbrechti, tan blanco como la nieve. Obtuvimos un ejemplar del extraño cuclillo terrestre Neomorphus salvini y un único macho de la cotinga blanca, Carpodectes nitidus, a la que le disparó Adán Lizano, nuestro taxidermista, en uno de los árboles de laurel dentro del corral cerca de la casa, en el que había un pequeño grupo. Alfaro colectó un ejemplar del pájaro sombrilla (Cephalopterus glabricollis) correspondiente al único que vimos. En los potreros más altos ocasionalmente se veía u oía el pájaro campana costarricense, Procnia tricarunculatus; tuve el placer (?) de matar un bello macho perchado en la copa de un árbol muy alto; lo vi caer directamente hacia abajo, unos cien pies o más, y quedarse atrapado entre las plantas aéreas a unos treinta pies del suelo desde donde no me fue posible bajarlo. El canto de esta ave es muy singular ya que suena como un duro golpe de mazo sobre un tronco de madera, seguido inmediatamente por un silbido hermoso, claro y prolongado; es posible escucharlo fácilmente a una distancia de media milla o más.

No menos fascinante fue matar colibríes en los árboles florecientes de guaba3. Estos árboles son pequeños, abiertos y extendidos lo que permitía matar los colibríes con facilidad utilizando un cañón auxiliar o una pistola para colección. Colectamos quince especies de colibríes en un solo árbol de éstos, varias especies raras y excesivamente hermosas, tales como el diminuto Michrochera parvirostris, color carmesí, con una capucha blanca, el grotescamente penachudo y barbudo Lophornis helenae, y el colicerda Popelairia conversi, ninguno de ellos más grande que una abeja y, por lo tanto, mucho más pequeños que cualquiera de nuestras especies en Norte América.

Coliblanco fue nuestro siguiente lugar de colección de especímenes. Es una finca de don Aurelio López Calleja, de Cartago, en la ladera de una montaña cerca del volcán Turrialba, a una altura aproximada de 6500 pies. No podíamos habernos imaginado un mejor lugar para colectar especies. Don Aurelio puso a nuestra disposición un buen sitio para guarecernos y acomodarnos; por "la puerta trasera" salíamos a un gran claro con unos pocos árboles de muchos tipos. La fotografía que adjunto muestra una porción del potrero y da apenas una leve idea de la belleza de los alrededores, todo a escasas cien yardas de la casa. Una fotografía, por más buena que sea, solo da una débil impresión de la escena ya que falta el sorprendente y armonioso color que, unido a la variedad de formas, es la gloria de la vegetación tropical, tal y como se nos presenta en las regiones altas, húmedas y frías. Casi cada árbol tiene su propia versión de verde; algunos son dorados, otros casi bermejos, otros verde-azulados, verde-amarillentos o verde aceituna, según la especie. La mayoría de los árboles tenían enredaderas florecientes o epífitas, mientras que otros mostraban sus propias flores, en especial los árboles de eritrina cuyas flores eran de color vermellón, rojo o escarlata brillante. Estas eritrinas eran frecuentadas por dos colibríes grandes y extraordinariamente hermosos, Heliodora jacula y Eugenes spectabilis, de los que obtuvimos una serie de muestras. En algunas partes del potrero, sobretodo cerca de las corrientes de agua, había muchos helechos arborescentes magníficos, por lo menos de tres especies; en los sitios húmedos crecían grandes plantas similares al papagayo (arácea) cuyas enormes hojas me protegieron más de una vez de la lluvia; en esas oportunidades bastaba con cortar el tallo con el machete, sentarme sobre una piedra o un tronco y sostener la hoja encima mío ya que su tamaño era tal que me tapaba perfectamente.4

Como resultado lógico de la diferencia de altitud, las aves de Coliblanco eran muy distintas de las de Bonilla. En cuanto a tucanes, solo había una especie, el verde Aulacorhamphus caeruleigularis; trogones solo T. puella y el quetzal, en el límite inferior de su rango de distribución. Encontramos un nido de quetzal en un tronco muerto, a unos doce pies del suelo, del que tomamos un juvenil que ya había salido del nido.5

Hicimos una breve visita a un potrero más arriba, en la base del cono cenizo del Turrialba, a una altitud de 9000 pies. Ahí todo era diferente. Parecía la manifestación del clímax de la belleza en la naturaleza. Nada que yo hubiera visto antes me sugería tanto la posibilidad de estar en el paraíso. Aunque la visita fue corta, valió el viaje a Costa Rica. El aire era frío y vigorizante, como el mejor clima de octubre en los Estados Unidos. Los cientos de acres que medía el potrero eran como un inmenso parque bien cuidado, con vistas a través de enramadas y grupos de magníficos árboles sobre pastos ondulantes de zacate vívidamente verde y bien cortado por el ganado que pastaba, adornado con violetas silvestres, botones de oro y margaritas inglesas. No existe ningún parque privado o público con esos árboles tan bellos y variados en formas y follajes o tan cargados de flores. No creo que sea exagerado decir que todos los árboles tenían flores, ya fuera propias o de las enredaderas o epífitas que los cubrían, y que casi todos estaban adornados con bromelias y otras epífitas, helechos u orquídeas de brillantes colores. A la derecha se erguía el cono del volcán cubierto con un denso chaparral; a la izquierda, a una mayor distancia pero lo suficientemente cerca como para poder verlo detalladamente, estaba el macizo del Irazú. En este hermoso parque había más aves que las que hubiera visto antes, o por lo menos eran más evidentes, ya que el gran espacio abierto permitía verlas desde grandes distancias. Grandes mirlos negros con picos y patas amarillo-doradas (Merula nigrescens) corrían graciosamente sobre el césped verde y casi siempre nos acompañaba el zumbido o gorjeo de los colibríes. El más numeroso era el Panterpe insignis cuyos colores son igualmente maravillosos en ambos sexos. El quetzal, ave verdaderamente majestuosa, también era común aquí, y, al igual que el resto de las especies, muy mansa. Pude ver una pareja en un árbol cercano durante varios minutos y no pude dispararles por su gran belleza. Pude haberlos fotografiado fácilmente pero no había traído la cámara. No puedo expresar cuánto disgusto sentí al tener que irme de este bello lugar, aunque planeábamos regresar.6 Nuestras expectativas se frustraron ya que al llegar a Coliblanco se instaló un temporal (lluvias continuas y prolongadas) que nos obligó a regresar a San José. Durante nuestra corta visita (menos de 24 horas) a la lechería en Turrialba colectamos algunas especies excesivamente raras, incluyendo una especie nueva para la ciencia. ˇLo que habríamos logrado encontrar en una semana es, por supuesto, un asunto de conjetura!

El 20 de mayo inicié mi último viaje en Costa Rica junto con mis amigos Zeledón y Alfaro. Tomamos el tren a Cartago y luego nos fuimos a caballo a la lechería San Juan en el Volcán Irazú, a una altura aproximada de 8500-9000 pies, y de ahí hicimos dos viajes a pie a la cima del volcán (a 11500 pies). El bosque del Irazú, del que sin embargo queda poco, consiste básicamente de robles y es definitivamente muy diferente al del Poás o Turrialba. Lo que queda del bosque es un cinturón angosto en las faldas del cono de ceniza que termina algo abruptamente para dar lugar a una serie de árboles y arbustos pequeños y dispersos que se van arralando más y más entre más nos acercamos a la cúspide; en el punto más alto solo hay unos cuantos arbustos raquíticos, en su mayoría ericáceos (similares al Vaccinium). El Junco vulcani solo se encuentra en este último tipo de vegetación; es muy común y no tuvimos ningún problema en colectar el número de especímenes que queríamos. Con esta especie encontramos un tipo de Brachyspiza capensis de altura y un pequeño soterré (una especie de Thryorchilus7), además de unas pocas especies, en especial el Chlorospingus pileatus y C. zeledoni y Pesopetes capitalis, que ocurren como intrusos provenientes de las partes más bajas de la montaña.

Hay otros aspectos de mi experiencia en Costa Rica que pueden resultar de interés, aunque alargar más este artículo puede resultar cansado para el lector. No obstante, no puedo resistir la tentación de registrar algunas observaciones que pueden serle útiles a aquellos que están considerando hacer un primer viaje para colectar especímenes en el trópico y desean saber algo en cuanto a los posibles peligros y dificultades que puedan encontrarse. De mi propia experiencia puedo decir que son exageraciones o malinterpretaciones, y que de los horrores de que se habla los menos temibles son el clima (excepto donde prevalecen las lluvias torrenciales), las enfermedades transmitidas por insectos y el peligro de las serpientes venenosas. No hay absolutamente ningún peligro en cuanto a animales salvajes. Aún en las tierra calientes el calor no es tanto ni tan aplastante como lo es en el verano de los estados del Atlántico en Norte América, y las noches siempre son frescas. El clima en las montañas es ideal, excepto cuando las lluvias o las lloviznas son frecuentes. Es cierto que casi en todas partes hay garrapatas, coloradillas, pulgas y zancudos; pero en muchas ocasiones yo he sufrido mucho más por culpa de estos insectos en los Estados Unidos que en Costa Rica. En cuanto a las criaturas venenosas, ˇsolo vi tres serpientes durante los seis meses que pasé en Costa Rica, dos de las cuales eran inofensivas, y ni un solo escorpión o ciempiés! Sin duda hay lugares donde el peligro es mayor o menor, pero el hecho es que vi muy poca evidencia del peligro durante mi estadía de seis meses, en mi recorrido por todo tipo de sitios, desde el nivel del mar hasta el pico más alto, lo que creo que es buena prueba de que el riesgo es tan pequeño que vale la pena considerar el placer de colectar especies en el trópico. Sin embargo, hay un grupo de criaturas de las que hay que cuidarse y son los muchos tipos de abejas, avispas y avispones. En algunos distritos (en especial en las zonas secas del interior y de la vertiente del Pacífico) a veces hay nidos de varias especies en casi cada árbol. Es necesario estar alerta ya que la picadura de algunas de ellas es realmente dolorosa y atacan de forma salvaje y decidida. Las hormigas son también una molestia pero pueden evitarse con facilidad ya que viven dentro de las espinas huecas de una especie particular de arbusto o árbol pequeño parecido a nuestro algarrobo de miel (Gleditsia triacanthos), fácilmente reconocible y por tanto evitable.

Los verdaderos terrores de colectar especímenes en el Trópico son la ausencia de albergues confortables y comida sabrosa, y las limitaciones del viaje y del transporte una vez fuera de los pueblos. Los caminos para carretas solo existen entre pueblos y asentamientos importantes; lo demás son trichas para caballos que en gran parte son muy quebrados, pedregosos, empinados y resbalosos. Por esta razón el equipo debe restringirse a lo estrictamente necesario para que pueda ser cargado a caballo8, salvo que el coleccionista cuente con los suficientes fondos como para alquilar animales para la carga y pagar cargadores. También es asunto serio la certeza de mojarse todos los días cuando se va a la montaña (o a cualquier otro lado durante la época lluviosa); el coleccionista deberá contar con varias mudadas de ropa y zapatos ya que una vez mojados nunca se secan. Vale la pena mencionar también la demanda física que implica colectar especímenes dada la densa vegetación y lo difícil del terreno, lo que hace prácticamente imposible recuperar el especimen al que se le disparó9. Este aspecto puede resultar insignificante para un coleccionista joven y fuerte. Con frecuencia las aves quedan suspendidas en la densa masa de plantas aéreas y solo es posible recuperarlas subiéndose a los árboles, cosa que no siempre se puede hacer. Entre más alto llegue uno mayores las dificultades ya que los bosques alcanzan su máxima densidad en las montañas de altura donde la lluvia y las lloviznas son constantes.

Lo que más me impresionó durante mi estadía en Costa Rica fue darme cuenta de lo realmente fragmentado que es el conocimiento que tenemos sobre la avifauna tropical. Probablemente no hay ningún país en Centro o Sur América cuya avifauna haya sido estudiada como lo ha sido la de Costa Rica. Sin embargo, más de dos terceras partes del país jamás han sido visitadas por un naturalista y desde San José pueden verse bosques a los que nadie ha entrado. En cada lugar donde recogimos especímenes escuchamos aves que nunca pudimos ver aunque las buscamos insistentemente. Creo que aún en los sitios más o menos conocidos hay especies de aves que nunca conocerá la ciencia a no ser por accidente o hasta que se las haga salir de sus escondites por la destrucción de la cobertura boscosa. Como consecuencia, los resultados que derivaran de una amplia exploración podrían convertirse en un incentivo poderoso para trabajar en el trópico americano, y yo le recomiendo a todo ornitólogo joven y entusiasta que desee encontrar un campo de trabajo sin límites que escoja alguna parte de esta vasta región.

Notas

1Los nombres de los lugares se repiten frecuentemente en los países americanos de habla hispana. Para efectos de precisión es necesario dar el nombre de la provincia o cantón además del pueblo o caserío. Al no hacerlo así, los colectores de especímenes han cometido serios errores en cuanto al rango de distribución de las especies.

2En varias ocasiones los vimos llevar largos musgos (Tillandsias) desde unos árboles hasta donde construían sus nidos en los altos árboles del potrero.

3No se hace alusión al árbol que da la guayaba, fruta a la que equivocadamente (en inglés) se le dice "guava".

4En la fotografía de la página 155 pueden verse algunas de estas enormes hojas en la parte inferior media. En cuanto a la maravillosa variedad de plantas debo decir que en este potrero encontré veintinuna especies diferentes de helechos en un solo tronco de tamaño normal. Lamento no poder mostrar en este artículo algunas vistas más de Bonilla donde la vegetación era aún más sorprendente que en Coliblanco, aunque casi totalmente distinta debido a la diferencia de varios miles de pies de altitud entre ambos sitios. Antes de poder utilizar mi cámara me dio malaria, enfermedad desconocida en Coliblanco y otros lugares de altura. [Por razones técnicas, no se reproduce las fotos.]

5Este juvenil de quetzal, llamado "Montezuma", es un feliz miembro del aviario de don José C. Zeledón en San José.

6Debo manifestar mi agradecimiento a don Francisco Gutiérrez, dueño de la lechería y del potrero en Turrialba, y a su hijo, don Ramón Gutiérrez, por su hospitalidad durante nuestra visita y su invitación cordial para que regresáramos y continuáramos con nuestro trabajo de colección allí. (Desafortunadamente no pudimos regresar porque el clima nos jugó una mala partida.)

7Una nueva especie que pronto será descrita por el Sr. Outram Bangs.

8Existen excelentes alforjas que pueden conseguirse a muy buen precio en los pueblos.

9Calculamos que, en algunos lugares, ˇse pierden dos de cada tres aves a las que se les dispara!

Se agradece a María Emilia Chaves la traducción del inglés.